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No todo lo que nos informan es verdad...


 Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 fueron seguidos en directo por cientos de millones de personas paralizadas frente a la pantalla del televisor. El estupor ante la magnitud del ataque, la impresión ante la gratuidad de la violencia, aturdieron a todos los telespectadores, incluidos los comentaristas. La ausencia de información sobre la actitud de las autoridades norteamericanas, así como la espectacular violencia de las imágenes llevaron a las cadenas a repetir sin cesar la colisión de los aviones suicidas en las torres del World Trade Center y su desmoronamiento.
 Ese 11 de septiembre perdieron la vida varios miles de personas y para vengarlas se llevó a cabo una guerra en Afganistán. Sin embargo, los hechos siguen rodeados de misterio. Su descripción está llena de sucesos extraños, incertidumbres y contradicciones. A pesar de la desazón que inspiran, la opinión pública se ha contentado con la versión oficial, teniendo en  cuanta que los imperativos de seguridad nacional no permiten a las autoridades estadounidenses contarlo todo.
 Esta versión oficial no se sostiene con un análisis crítico. Vamos a demostrar que se trata sólo de un montaje. En algunos casos, los elementos que hemos recogido permiten restablecer la verdad. En otros, nuestras preguntas aún siguen sin respuestas, lo que no es una razón para seguir creyendo las mentiras de las autoridades. En cualquier caso, el dossier que hemos elaborado permite poner en duda la legitimidad de la respuesta norteamericana en Afganistán y la "guerra contra el Eje del Mal".

El avión fantasma del Pentágono

 ¿Recuerda el atentado contra el Pentágono? Los acontecimientos eran demasiados graves y tan repentinos que en ese momento fue imposible apreciar las contradicciones de la versión oficial. [...].
 A pesar de su peso (un centenar de toneladas) y de su velocidad (ente 400 y 700 kilómetros/hora), el avión sólo destruyó el primer anillo de la construcción. [...].
 El artefacto penetró en el edificio sin cuasar daños importantes en la fachada. Atravesó varios anillos del Pentágono, abriendo un agujero cada
vez más ancho en cada tabique que atravesó. El orificio final, con una forma perfectamente circular, medía aproximadamente 2,30 metros de diámetro. [...].
 En resumen, sólo un misil del ejército de Estados Unidos que emita un
código amigo puede entrar en el espacio aéreo del Pentágono sin que se
desencadene la descarga de contra misiles. Este atentado sólo puede haberse cometido
por militares norteamericanos contra otros militares norteamericanos.
 Si la Administración Bush falsificó el atentado del Pentágono para enmascarar problemas internos, ¿no pudo ocultar también algunos elementos de los atentados ocurridos en el World Trade Center?

 

Cómplices en tierra
 [...] El martes 11 de septiembre de 2001, a las 8 h 50', la cadena de televisión de noticias 24 horas CNN interrumpe si programación para anunciar que un avión de línea regular ha chocado contra las torre norte del World Trade Center. [...].
 Pilotos profesionales entrevistados confirman que ente ellos pocos son capaces de planear una operación así y para pilotos aficionados la excluyen formalmente. En cambio existe un medio infalible para lograra ese objetivo: utilizar balizas. Un señal emitida desde el blanco atrae al avión, que es guiado automáticamente. [...].
 Las asociaciones de bomberos de Nueva York y la revista profesional FIRE Engineering (...) aseguran que esas estructuras podían resistir mucho tiempo al fuego. [...].
 Sea como sea, el choque de los aviones no permite explicar la caída de un tercer edificio, la Torre 7. La hipótesis de una desestabilización de los cimientos fue descartada por la Sociedad Norteamericana de Ingenieros Civiles [...].
 Recapitulemos nuestra información: los terroristas disponían del apoyo logístico de equipos en tierra. Activaron una o dos balizas, previnieron a los ocupantes de las torres para limitar la catástrofe humana y dinamitaron tres edificios. Todo bajo la mirada de unos servicios de información tan atentos como pasivos. ¿Una operación así pudo ser concebida y dirigida desde una cueva en Afganistán y realizada por un puñado de fundamentalistas islámicos?

Plenos poderes
 En la madrugada del 14 de septiembre el Congreso de Estados Unidos autoriza al presidente George W. Bush a recurrir a "toda la fuerza necesaria y apropiada contra todo Estado, organización o persona que se haya confirmado que ha preparado, autorizado, ejecutado o facilitado los ataques terroristas que se produjeron el 11 de septiembre de 2001, o que ha dado asilo a tales organizaciones o tales personas, con el fin de prevenir cualquier futuro acto de terrorismo". [...]
 [...] Exaltando su mística patriótica, el país de la libre expresión y de la transparencia política se ha replegado sobre una concepción extensiva de la razón de Estado y del secreto de defensa aplicable a todos los sectores de la sociedad.
 Después de neutralizar la justicia, las comisiones de investigación del Congreso y la prensa, es decir, a todos los contrapoderes, el ejecutivo se ha dotado de nuevas estructuras que le permitirán ampliar los métodos ya probados por la CIA y las Fuerzas Armadas en el exterior a la política interior. [...]

Operaciones secretas
 En una nota redactada por Leonard Wong para el Instituto de Estudios Estratégicos de la US Army titulada "Cómo mantener el apoyo del público en las operaciones militares" se puede leer: [...] A pesar de que las encuestas les son favorables, los norteamericanos pueden cambiar de opinión repentinamente [...] A medida que recuperen su vida normal, disminuirá el apoyo a una acción militar, salvo si los militares muestran progresos constantes en la guerra contra el terrorismo [...]".
 Es cierto que George W. Bush tiene una concepción muy limitadora del terrorismo [...]. Para él, en un mundo ahora unipolar desde la disolución de la Unión Soviética, el terrorismo parece definirse como toda forma violenta de contestación al liderazgo norteamericano. [...]
 Para los aliados de Estados Unidos, la presión se hace demasiado fuerte [...].

La conjura
 Los elementos de que disponemos ahora hacen pensar que los atentados del 11 de septiembre fueron patrocinados desde el interior del aparato de Estado norteamericano. Sin embargo, esta conclusión nos impresiona porque estábamos acostumbrados a la leyenda del "complot Bin Laden" y porque nos resulta duro pensar que los norteamericanos pudieron sacrificar cínicamente a cerca de tres mil compatriotas. No obstante, en el pasado, el Estado Mayor Conjunto estadounidense planificó -pero jamás realizó- una campaña de terrorismo contra su propia población. Es preciso recordar la historia. [...]
 La historia inmediata de Estados Unidos nos muestra que el terrorismo interno es una práctica en desarrollo. Desde 1996 el FBI publica un  informe anual sobre los actos de terrorismo interior: cuatro en 1995, ocho en 1996, veinticinco en 1997, diecisiete en 1998, diecinueve en 1999. Estos atentados fueron perpetrados mayoritariamente por grupos militares y paramilitares de extrema derecha. [...]
 La declaración del teniente Delmart Edward Vreeland ante el Tribunal Superior de Toronto (Canadá) añade credibilidad a la existencia de una conspiración en el seno de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos para perpetrar los atentados del 11 de septiembre. [...] Estos atentados eran conocidos por cinco servicios de información (alemán, egipcio, francés, israelí y ruso), por un agente de la Naval Intelligence, por autores anónimos de mensajes de alerta enviados a Odigo, sin hablar de los iniciados que especularon en bolsa. ¿Hasta dónde llegaban las filtraciones? [...]
 Tras los primeros minutos transcurridos después del primer atentado contra el World Trade Center, ciertas autoridades insinuaron a la prensa que el instigador de estos sucesos era Osama Bin Laden, el paradigma del fanatismo oriental. Poco después, el recién nombrado director del FBI, Robert Mueller III, acusó a diecinueve kamikazes y dio a conocer sus nombres; además, recurrió a todos los medios de los que disponía su agencia, así como los servicios de espionaje para acorralar a sus cómplices. Así, el FBI nunca procedió a llevar a cabo investigación alguna sino que coordinó una persecución que, a los ojos del público norteamericano, adoptó el aspecto de una persecución de árabes, hasta tal punto que algunos exaltados agredieron, e incluso mataron, a árabes que fueron ingenuamente considerados como responsables colectivos de los atentados.
 El Congreso tampoco efectuó ninguna investigación ya que, a petición de la Casa Blanca, éste renunció a ejercer su función constitucional, supuestamente, para no poner en peligro la seguridad nacional. Tampoco hubo investigación por parte de la prensa, a la cual se convocó en la Casa Blanca y se le ordenó que se abstuviera de realizar cualquier investigación para no perjudicar a la seguridad nacional.
 Si analizamos los atentados del 11 de septiembre, en primer lugar, vemos que presentan una envergadura más amplia que la que se reconoce en la versión oficial:
  No se tuvo en cuenta el desmoronamiento de un tercer edificio de Manhattan, independientemente del de las Twin Towers (Torres gemelas).
 Ningún avión chocó contra este edificio y, sin embargo, el mismo también fue destruido por un incendio antes de derrumbarse, a su vez, debido a una causa desconocida. Este edificio albergaba la principal base secreta de la CIA a nivel mundial. Aquí era donde la agencia consagraba sus recursos a la obtención de información de carácter económico en detrimento de la información de carácter estratégico y en contra de la voluntad del grupo  de presión constituido por empresas militares.
 Si examinamos el atentado cometido en el Pentágono, constatamos que la versión oficial es una gran mentira.
 Según el Ministerio de Defensa, parece ser que un Boeing 757, del cual se había perdido la pista a la altura de Ohio, recorrió 500 kilómetros sin ser localizado; entró en el espacio aéreo del Pentágono y aterrizó en el césped del helipuerto, efectuó varios rebotes sobre el mismo, se quebró el ala derecha contra un grupo electrógeno, chocó contra la fachada,  concretamente contra la planta baja y el primer piso, penetró totalmente en el edificio con violencia y se consumió por completo, tras lo cual los únicos restos que quedaron fueron dos cajas negras inutilizables y fragmentos de los cuerpos de los pasajeros.
 Es evidente que resulta imposible que a lo largo de 500 kilómetros un Boeing 757 pueda escapar a los radares civiles, a los radares militares, a los aviones de caza que salieron en su persecución, así como a los satélites de observación que acababan de ser activados.
 Resulta igualmente imposible que un Boeing 757 penetre en el espacio aéreo del Pentágono sin que lo destruyan las cinco baterías de misiles que protegen el edificio.
 Cuando se observan las fotografías de la fachada, tomadas tras los primeros minutos que transcurrieron después del atentado, incluso antes de que los bomberos civiles de Arlington hubieran tenido tiempo de desplegarse, no se aprecia ningún rastro del ala derecha en llamas delante de la fachada, ni ningún orificio en la fachada a través del cual el avión habría penetrado en el edificio.
 Sin miedo al ridículo, el Ministerio de Defensa afirma que los reactores de acero templado debieron de descomponerse bajo el efecto del choque, sin que por ello dañaran la fachada. El aluminio del fuselaje debió de entrar en estado de combustión a más de 2500º Celsius en el interior del edificio y debió de gasificarse, pero los cuerpos de los pasajeros que se encontraban en el interior del aparato se quemaron tan poco que posteriormente pudieron ser identificados gracias a las huellas digitales.
 Con ocasión de una conferencia de prensa celebrada en el Pentágono, a las preguntas de los periodistas, el jefe de los bomberos respondió que no quedaba "ningún resto voluminoso del aparato", ni "ningún trozo de fuselaje, ni nada parecido". Declaró que ni él, ni sus hombres, sabían qué había sido del aparato.
 El estudio de las fotografías oficiales del escenario del atentado, tomadas y difundidas por el Ministerio de Defensa, muestra que en el Pentágono no hay marcas de impacto achacables a un Boeing 757 por ninguna parte.
 Hay que ver las cosas como son: resulta imposible que el atentado cometido el 11 de septiembre en el Pentágono, en el que murieron 125 personas, se llevara a cabo mediante un avión de línea.
 Un controlador aéreo de Washington declaró haber observado en el radar la aparición de un artefacto que volaba a unos 800 kilómetros/hora y que se dirigía en un principio hacia la Casa Blanca y que después efectuó un cambio de dirección muy violento y se dirigió hacia el Pentágono, donde debió de estrellarse. Este controlador atestiguó que el vuelo de este aparato, por sus características, sólo podía corresponder al de un aparato militar.

Cientos de testigos indicaron que habían oído "un ruido estridente comparable al de un avión de caza", y de ninguna manera al de un avión civil. Testigos oculares manifestaron que habían observado "algo parecido a un misil de crucero con ala", o incluso un aparato de pequeño tamaño, como un avión que podía transportar entre 8 y 12 personas".

Esto seria lo que choco


 El aparato penetró en el edificio sin provocar daños importantes en la fachada. Atravesó varios anillos del Pentágono y a medida que iba atravesando los diferentes muros, iba abriendo un orificio cada vez más grande. El orificio final, completamente circular, medía 2,30m de diámetro. Al atravesar el primer anillo del Pentágono, el aparato provocó un incendio inesperado y de dimensiones gigantescas. Del edificio salieron unas llamas inmensas que rozaron las fachadas y luego se retiraron rápidamente, y dejaron paso a una nube de hollín negro. El incendio se extendió por una sección del primer anillo del Pentágono y por dos pasillos perpendiculares.

 Todos estos testimonios y observaciones podrían hacer referencia al lanzamiento de un misil de última generación de tipo AGM, provisto de una carga explosiva hueca y de una punta de uranio empobrecido de tipo BLU, guiado por satélite GPS. Este tipo de artefacto tiene el aspecto de un pequeño avión civil pero no es un avión. Produce un silbido comparable al de un avión de caza, se puede guiar con suficiente precisión como para que entre por una ventana, perfore los blindajes más resistentes y que independientemente de su capacidad de perforación provoque un incendio instantáneo que desprenda un calor que alcance más de 2000º Celsius.
 Este tipo de artefacto lo desarrollan conjuntamente la Marina y el Ejército del Aire. Se lanza desde un avión.
 Así, pues, ¿quién podía lanzar un misil de última generación sobre el Pentágono? La respuesta nos la aportan las confidencias que Ari Fleischer, portavoz de la Casa Blanca, y Karl Rove, secretario general de la Casa Blanca, hicieron a periodistas del New York Times y del Washington Post; confidencias que los propios interesados desmintieron dieciocho días más tarde, con el pretexto de que se habían expresado mal debido a la emoción.
 Según estas personas próximas a George W. Bush, durante el transcurso de la mañana el Servicio Secreto recibió una llamada telefónica de los instigadores de los atentados, seguramente para dar a conocer sus condiciones. Para demostrar la veracidad de la llamada, los agresores revelaron los códigos secretos de transmisión y de autenticación de la presidencia. De hecho, solamente algunas personas de confianza, situadas en la cúpula del aparato de Estado podían disponer de estos códigos, de lo cual se desprende que por lo menos uno de los instigadores de los atentados del 11 de septiembre era uno de los dirigentes, civil o militar, de los Estados Unidos de América.
 Para aportar credibilidad a la fábula sobre los terroristas islamistas, las autoridades americanas imaginaron la intervención de kamikazes.
 A pesar de que a personas bien organizadas les sea posible introducir armas de fuego en aviones de línea, supuestamente, los kamikazes habrían utilizado cúteres como únicas armas, habrían aprendido a pilotar Boeings 757 practicando unas cuantas horas con un simulador y se habrían convertido en mejores pilotos que los propios profesionales. De esta manera, habrían podido realizar maniobras de aproximación complejas sin vacilar.

 El Ministerio de Justicia no ha explicado nunca cómo elaboró la lista de kamikazes. Las compañías de aviación indicaron el número exacto de pasajeros de cada avión y suministraron listas incompletas de pasajeros en las que no se mencionaba a las personas que embarcaron en el último momento. Al controlar estas listas, se observa que en ellas no figuran los nombres de los kamikazes, y que el número de pasajeros no identificados no se eleva más que a tres en el vuelo 11 y a dos en el vuelo 93. Así, resultaba imposible que los diecinueve kamikazes hubieran embarcado. Sin embargo, el FBI mantiene que los piratas del aire fueron identificados sin posibilidad de error. El FBI aporta una prueba ridícula a quienes tengan alguna duda: si bien los aviones sucumbieron a las llamas y las Torres gemelas se derrumbaron, en las ruinas humeantes del World Trade Center supuestamente se encontró el pasaporte de Mohammed Atta milagrosamente intacto.
 Para corroborar la existencia de piratas del aire, de estos o de otros, se hace referencia a las llamada telefónicas que los pasajeros supuestamente hicieron a sus familias y a las autoridades. Desgraciadamente, lo que se sabe de estas llamadas son rumores y las mismas no se han publicado, ni siquiera las que supuestamente se grabaron. No ha sido posible comprobar si realmente se hicieron desde un teléfono móvil determinado, o desde algún teléfono de a bordo. Nuevamente, se nos insta a que creamos en la palabra del FBI.
 Dicho sea de paso, no era imprescindible disponer de piratas del aire para llevar a cabo los atentados. La tecnología Global Hawk, desarrollada por la US Air Force (Fuerzas aéreas de los Estados Unidos), permite tomar el control de un avión de línea a pesar de la presencia de la tripulación y guiarlo a distancia. 
 Dados los elementos que acabo de presentarles, parece ser que los atentados del 11 de septiembre no son imputables a terroristas extranjeros procedentes del mundo árabe-musulmán -aun cuando algunos de los involucrados puedan ser islámicos- sino a terroristas americanos.
 Al día siguiente de los atentados del 11 de septiembre, en la resolución 1368 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se reconoció "el derecho inherente a la legítima defensa individual o colectiva en conformidad con la Carta" y se estipuló: "El Consejo de Seguridad hace un llamamiento a todos los Estados para que trabajen juntos con objeto de
hacer comparecer ante la justicia a los autores, los organizadores y los instigadores de estos ataques terroristas y subraya que quienes se avengan a ayudar, apoyar y albergar a los autores, organizadores e instigadores de estos actos deberán rendir cuentas".
 Si deseamos responder al llamamiento del Consejo de Seguridad, aplicar la Resolución 1368 y castigar a los verdaderos culpables, la única manera de identificar a los culpables con precisión es constituir una comisión de investigación, cuya independencia y objetividad estén garantizadas por las Naciones Unidas. Ese sería el único modo de proteger la paz internacional. Mientras tanto, las acciones militares externas de los Estados Unidos carecen de fundamento legítimo por lo que al derecho internacional se refiere, ya se trate de su reciente intervención en Afganistán o de las acciones anunciadas en Irán, Irak y en otros muchos países.
 Estado Unidos tiene muchos antecedentes en estas acciones de manipulación y espionaje, algunas con costos tan tremendos que resultan insoportables. Operaciones todas ellas atribuidas a grupos comunistas y/o revolucionarios y que luego hemos sabido que fueron preparadas y ejecutadas por los servicios secretos norteamericanos, que además se sirvieron de ellas para intoxicar a la opinión pública mundial.

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